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Nubecilla

Nubecilla
28/09/2011
Consultores: 
Víctor Gómez

El cuento de este mes ayudará a los padres a reflexionar sobre la protección de sus hijos, que puede llegar a afectarlos negativamente si es excesiva.
Esta es la historia de una niña tan frágil y delicada que cuando sus
padres la vieron por primera vez decidieron protegerla de los peligros
del mundo exterior tanto como fuera posible. El padre de Martina -así se
llamaba la niña- hizo para su hija una casita de cristal. La madre la
decoró con los motivos más alegres que se puedan imaginar. La casita
tenía forma de nube, era de color rosa y su exterior se encontraba
repleto de dibujos de pajaritos y mariposas hechos a mano. En su
interior había toda clase de juguetes para que Martina se lo pasara en
grande. La puerta de la casita parecía hecha por el mismo Giotto: era de
vidrio ahumado, estaba salpicada de innumerables dibujos angelicales y
rematada por una cerradura con una llave de oro y brillantes donde
constaba la leyenda "Martina" con letras de color púrpura. Esa pequeña
obra de orfebrería recibió el nombre de "Nubecilla".

Cuando los ojos enamorados de los padres de Martina miraban a través de
los cristales de la Nubecilla veían una niña que dormía y jugaba, jugaba
y dormía, siempre cubierta por la aparente tranquilidad de su prisión
de vidrio. "¡Qué feliz, tan segura y protegida! ¡Qué gran idea la nube!
Gracias a ella, Martina no se pondrá enferma por la contaminación o por
contagios de otros. Tampoco se quemará su piel de porcelana por los
rayos solares que destruyen la capa de ozono. Nunca nada ni nadie podrá
hacerle daño ", decían convencidos de su acierto.
Cada año por su cumpleaños le regalaban una nubecilla nueva. Cada nube
era más bonita que la anterior. Martina vivió en nubecillas de todo tipo
y con toda clase de elementos ornamentales: animalitos, flores, etc.
Sin embargo, todas las nubecillas tenían un denominador común: todas
estaban cerrados a cal y canto.

Cuando Martina hizo seis años, la familia al completo fue a pasar el día
a un hayedo lejos de la ciudad. Era un espacio verde, inmaculado,
testimonio de una naturaleza en estado puro. Nunca Martina había visto
algo tan luminoso. Una vez llegados al lugar, los padres de Martina,
acariciados por la frescura de la hierba, se quedaron dormidos. No era
la primera vez que sucedía, pero sí el primero que se dejaban abierta la
puerta de la nubecilla. En advertirlo, Martina dudó, dudó de que
dudaba, y volvió a dudar, pero, finalmente, decidió salir al exterior.
Era la primera vez en su vida que salía de las nubecillas. Se sentía
culpable e intimidada, pero, al mismo tiempo, invadida por la fuerza de
un sentimiento tan agradable como desconocido. No sabía poner nombre a
esa sensación. Quizás se podría llamar... ¿libertad?

Impulsada por ese estímulo mágico, Martina empezó a caminar. Y anda que
andarás acabó llegando a un hermoso prado, y después a un bosque tan
frondoso que parecía la Selva Esmeralda. Allí coincidió con un grupo de
zorros. Los había visto en dibujos de mil y un colores, había leído
cuentos y más cuentos, pero nunca había visto uno de verdad. Jugó con
ellos al escondite, se subió a lomos hasta un río y una vez allí, los
zorros presentaron Martina a sus amigos los conejitos. Éstos hicieron lo
mismo con los sapos, y éstos con los peces. Y éstos... "¡Cuántos amigos
nuevos! ¡Y qué parajes tan idílicos! Parecen personajes de un cuento",
pensaba Martina. Era como un sueño. Era, sencillamente, el mejor día de
su vida.

Pero no era un cuento, ni un sueño, sino la realidad. Y en la realidad
Martina tenía unos padres con los que tenía que volver. Bueno, con ellos
y las nubecillas. Los zorros se la llevaron y se fueron. Cuando los
padres de Martina -que ya se habían despertado y que desesperaban al no
encontrar a la niña en el nubecilla- se reencontraron con su hija
lloraron de alegría. Martina les contó todo lo que había visto y hecho, y
se lo quiso enseñar. "Has leído demasiado cuentos, Martina. Debes
volver a la nubecilla, sino te harás daño", le decían sus progenitores.
Martina les pidió que le acompañaran a conocer sus nuevos amigos. Cuando
vieron los zorros, los conejos, los sapos y los pececillos, y,
especialmente, la felicidad que irradiaba el rostro de su hija, los
padres de Martina comprendieron que ya había llegado el momento de dar a
la nubecilla un buen viaje.

Aquella noche Martina y sus padres volvieron solos a casa, sin
nubecillas. Esa noche la nubecilla permaneció en el hayedo, escondida
bajo unas hierbas. Aún hoy, Martina, que ya es madre de una niña, visita
la nubecilla en el hayedo cada vez que quiere recordar que los hijos no
son tesoros secretos que guardar, sino personas a las que enseñar a
vivir.

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