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Juan en la tele

Juan en la tele
28/03/2012
Consultores: 
Eva Santana

¿Qué puede suceder si alguien pasa demasiadas horas delante de la tele? La historia de este mes nos explica la curiosa experiencia de Juan, un niño al que le encantan los dibujos animados. Su padre trata de convencerle de que puede hacer otras cosas para divertirse, pero Juan no quiere perderse la serie de sus personajes preferidos. Sin embargo, una tarde en el sofá delante de la pantalla lo cambiará todo...
– ¡Papá! –decía siempre Juan-, ¡me aburro!

Su padre le preguntaba por qué no jugaba con alguno de los juguetes que le habían regalado por su cumpleaños. Y entonces Juan siempre contestaba cosas como: “no tengo ganas”, o “se han acabado las pilas”, o “justamente quería jugar con el camión pero lo dejé en casa de la abuela. Si tuviera el camión... Pero precisamente, ¡no lo tengo!”
– Qué curioso –le contestaba su padre– que de todos los juguetes que tienes, que además son muchos, quieras justamente ¡el que no tienes en casa! ¿Por qué no dibujas?
– Ya dibujé ayer, ahora quiero ver la tele.
– ¡Ah! –decía su padre–, ¿y esto no te aburre nunca, no? La tele ya la has visto un buen rato esta mañana, ahora te toca hacer algo distinto.
– ¡Pero no quiero! –gritaba Juan–, ¡yo quiero ver la tele! ¡La tele es la única cosa que no me aburre! Si no puedo ver la tele, ¡pues no cenaré! Y si no puedo ver la tele, ¡pues no me ducharé! Y si no puedo ver la tele, ¡pues no quiero dormir, y lloraré y gritaré todo el rato y no te dejaré trabajar ni leer ni hacer nada hasta que no pueda verla!

Un día, mientras miraba la tele, le pasó algo muy curioso. Primero le hizo gracia, después empezó a inquietarle y al final, ¡estaba aterrorizado!

Estaba viendo sus dibujos preferidos, Scooby-Doo, el perro gigante que siempre se metía en líos con momias, vampiros, monstruos y dinosaurios sin cabeza. ¡Qué divertidos eran estos dibujos! Siempre le daba un poco de miedo cuando salía el monstruo o el vampiro, pero debajo de la manta del sofá, ¡no tenía porqué sufrir!

De repente, justo cuando el monstruo estaba a punto de tocar al perro gigante por detrás de la espalda y darle un buen susto, Juan notó que alguien le golpeaba la espalda. Se giró asustado pero no vio nada. Se rió de él mismo por haberse asustado de aquella manera. En el episodio, Scooby-Doo hacía equilibrios encima de un trampolín para no caer en el lago lleno de cocodrilos sin cabeza, pero de repente, tropezó y… ¡Patachof! ¡De cabeza al lago!

¡Ahora sí que Juan estaba completamente asustado! Porque justo cuando Scooby-Doo caía al lago, notó como si alguien le hubiera lanzado un jarrón de agua fría en la nuca. Gritó muy fuerte, pero ni su padre ni su madre fueron a ver qué le pasaba. Scooby-Doo permanecía dentro del lago, rodeado por cocodrilos sin cabeza que, como no tenían cabeza, no le veían y no se lo podían comer, ¡pero no por eso parecían menos terroríficos!

Juan notaba cómo los cojines del sofá se le habían ido acercando y tenía miedo que de un momento a otro ¡se le abalanzaran encima! Quiso dar un bote para apagar la tele, ¡aquello ya era demasiado! ¿Era posible que estuviera viviendo lo mismo que Scooby-Doo pero en el sofá de su casa?

Pero Juan estaba bien arrinconado en el sofá, como si lo hubieran pegado con cola. ¡No se podía mover! ¡Suerte que ya se había acabado el episodio! Quería acercarse, quería dejar de mirar aquella tele que le transportaba hacia el interior de los dibujos y le hacía sufrir del mismo modo que los protagonistas. Recordaba cuántas veces le había dicho a su padre que la tele era la única cosa que le divertía. ¡Lo que daría ahora por poder apagarla y jugar con sus nuevos robots!

Pero allí estaba, pegado al sofá, viendo cómo empezaba la serie de episodios de Tom y Jerry. ¡Ahora tendría que recibir un montón de castañazos por todos lados! ¿Y quién le tocaría ser? ¿Tom, que siempre acababa con los bigotes estirados y los dedos enganchados en una puerta o la nariz aplastada por un piano? ¿O quizá Jerry, que siempre se salía con la suya? Ay madre mía, ¡qué sufrimiento! El perro de todos los capítulos perseguía a Tom por toda la casa y Juan ¡notaba un aliento en su cogote como si le estuvieran persiguiendo a él! Le había tocado ser Tom, ¡oh, no!

Cuando el perro ya estaba a punto de atrapar a Tom, y Juan se preparaba para lo peor, se levantó de golpe, en el sofá de casa, en medio de un episodio de Tom y Jerry que seguro ya hacía rato que había empezado. Estaba sudado de pies a cabeza, tanto, ¡que parecía que se hubiera hecho pipí encima! ¡Se había quedado completamente dormido! ¡Qué pesadilla! Ahora sí que se levantó de un bote, sin ningún problema, y corrió a apagar la tele.

Su padre tenía razón, ¡valía más que fuera a hacer otra cosa, como por ejemplo acabar el dibujo que tenía a medias!

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