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Cómo reaccionar ante la rabieta de un niño

08/10/2020

¿Por qué suceden las rabietas?

Las rabietas son frecuentes y forman parte del desarrollo normal de los niños pequeños. Consisten en arrebatos emocionales perturbadores y/o desagradables que presentan a veces los niños cuando sus deseos o necesidades no son satisfechas. Pueden darse en forma de quejidos y llantos hasta gritos, golpes, llanto intensos o aguantarse la respiración.

Así pues, las rabietas son una manera que tienen los niños de mostrar enfado, frustración y malestar. A lo largo del desarrollo puede suceder que las rabietas pierdan este componente de comunicar un estado emocional y sean utilizadas por el niño como una manera de conseguir aquello que necesita o desea. 

En la mayoría de los casos pueden desaparecer por sí solas a medida que los niños maduran y ganan autocontrol, de modo que no suelen ser un motivo para preocuparse.

Las rabietas son igual de frecuentes en los niños que en las niñas y suelen iniciarse en-tre los 12 y 18 meses. Se hacen más frecuentes e intensas entre los 2-3 años, ya que a esta edad el niño/a ya se identifica plenamente como un ser distinto a sus padres. El niño identifica sus propios deseos y quiere que sean satisfechos, así actúa para llegar a su meta. 

Sin embargo, a esta edad, la capacidad para tolerar la frustración y regular las emociones solo está empezando a desarrollarse. Esto conlleva que, cuando el niño se da cuenta que no puede conseguir lo que quiere, aparezcan con facilidad las rabietas. Si además el niño está cansado, hambriento o enfermo, es más fácil que se presente una rabieta.

¿Qué se puede para hacer para evitar que aparezcan las rabietas?

A lo largo del día el niño se enfrenta a numerosas situaciones en las cuales sus deseos o sus necesidades no encajan con aquello que el exterior impone. Si el niño es pequeño su nivel de desarrollo no le permite resolver esta disyuntiva, por lo cual requerirá del acompañamiento del adulto para superar esta situación.

Aunque en determinadas ocasiones las rabietas son inevitables, hay algunos factores que pueden ayudar al niño a estar menos irritable y a poder manejar mejor la frustración:

  • Mantener un horario y una rutina estable.
  • Asegurarnos que duerme las horas necesarias (por ejemplo, un niño de 2 años necesita dormir entre 12 y 13 horas al día, incluyendo una siesta).
  • Evitar decir “no” cuando no es imprescindible. Podemos orientar y limitar la conducta del niño utilizando afirmaciones (por ejemplo, podemos decir: “Después podrás seguir jugando” en lugar de "No puedes jugar a esto ahora”).
  • Emplear un tono alegre al dar indicaciones a los niños, para que suene más como una invitación que como una orden. Esto ayuda a reducir las quejas. 
  • Evitar las riñas y las disputas por hechos no relevantes, como por ejemplo que ropa o qué zapatos ponerse.
  • Permitir que tenga control sobre cosas pequeñas como por ejemplo: que pueda escoger la fruta que quiere (“Quieres pera o manzana?”), el orden en el que hacer algunas actividades diarias (“Prefieres que cortemos las uñas antes o después de ponerte el pijama”).
  • Fijarse en sus acciones positivas en lugar de poner de relieve de forma frecuente aquello que no hace bien.
  • Mantener los objetos peligrosos o que no debe coger fuera de su vista.
  • Si anticipamos que se va a enfadar o si se está enfadando, utilizar la la distracción para redirigir su atención hacía cosas que le interesen (cambiar de objeto, de actividad, de ambiente…).
  • Ayudar al niño a aprender a hacer cosas nuevas, empezando por cosas sencillas y acompañándole en el proceso para que pueda tolerar mejor la frustración de que no le salgan las cosas y permanecer en los intentos.
  • Evitar actividades que supongan un esfuerzo (como por ejemplo salir a comprar) cuando está cansado.
  • Considerar con interés las peticiones que nos hace el niño para poder valorar adecuadamente la idoneidad de estas y poder dar una respuesta ajustada.
  • Tener en cuenta que la rabieta es una manera que tiene el niño de comunicarnos lo que quiere o lo que le pasa. 
    • Por ejemplo, puede ser que el niño esté jugando y que haga la rabieta cuando decidimos que es hora de irnos de casa. En esta situación, con la rabieta el niño nos intenta expresar que no quiere dejar de jugar (lo cual es una demanda totalmente ajustada a su nivel de desarrollo). En este contexto, si la comprensión del lenguaje es bueno, puede ser útil por ejemplo: que le digamos de forma anticipada que nos tendremos que ir, que le expliquemos a donde vamos y que después podrá volver a jugar y pactar que se pueda llevar algún juguete.

¿Cómo acompañar las rabietas cuando aparecen?

  • Dar una respuesta calmada manteniendo las indicaciones y límites que hemos establecido. 
  • No gritar, agitar o golpear al niño. Si no logramos manejar nuestra propia frustración o enfado nuestras reacciones solo empeorarán la situación. 
  • Intentar distraerlo (de forma suave) cambiando de actividad o de lugar.
  • En ocasiones una estrategia que puede ser útil es ignorar el comportamiento has-ta que cese y entonces acercarse serenamente, hablar de la situación y ofrecer alternativas. Esto se podrá hacer si el niño está seguro y no está realizando conductas destructivas.
  • Si con la rabieta puede hacerse daño a sí mismo o a otros se le puede llevar a un lugar tranquilo y seguro donde poderse calmar. 
  • No dar respuesta inmediata a sus demandas al realizar la rabieta ya que esto enseña al niño que para obtener lo que quiere puede ser útil hacer una rabieta.
  • Con los niños más mayores, una vez pasada la “tormenta”, intentar felicitarlo por el hecho de haber logrado regularse.
  • Y además de todas estas estrategias hay que tener presente que intentar identificar qué causa la rabieta y que es lo que nos está intentando comunicar con ella nos permitirá acompañarla mejor. Por ejemplo:
    • Si la rabieta es una reacción de enfado y frustración ante nuestra negativa a darle una cosa que desea: intentar mantener la calma, dar explicaciones simples de porque no puede obtenerlo (no demasiadas) y distraerlo con un cambio de actividad o de lugar.
    • Si la rabieta sucede porque no quiere hacer algo que le hemos dicho que debe hacer: no prestar demasiada atención a la rabieta y una vez esté más tranquilo acompañarlo en el cumplimiento de la actividad.
    • Si el niño está cansado: intentar que pueda dormir o descansar.

¿Y después de la rabieta, qué?

Después de la rabieta el niño suele sentirse vulnerable. Esto se produce como consecuencia a la propia de la cascada emocional de la rabieta y al hecho que sabe que ha tenido un comportamiento que el entorno a menudo valora como negativo. Por ello se recomienda realizar muestras de afecto tales como darle un abrazo y decirle que le queremos.

¿Cuándo puede ser necesario la ayuda especializada?

  • Si no diminuyen más allá de los 4 años.
  • Si el niño causa lesiones o se autolesiona durante un berrinche.
  • Si se aguanta la respiración o se produce un desmayo.
  • Si se niega a comer o a dormir de forma reiterada.
  • Si aumentan de forma significativa en frecuencia, intensidad y duración.
  • Si el niño está muy irritable y muestra una marcada conducta de oposición.
  • Si las rabietas van acompañadas de otros síntomas como pesadillas, terrores noc-turnos, regresión en el control de los esfínteres, miedos intensos y frecuentes o di-ficultades significativas para separarse de los padres.
  • Si las rabietas despiertan muchos sentimientos negativos en los padres, por lo que a menudo reaccionan a ellas con enfado o perdida de control.
  • Cuando las rabietas son la expresión de un malestar del niño en relación a dificul-tades o problemáticas del entorno
  • Si los padres ceden ante todas las rabietas.
  • Si hay sospecha de algún otro problema no identificado que podría estar favoreciendo la presencia de las rabietas, tales como: déficit auditivos o visuales, retrasos en el desarrollo global o problemas en el desarrollo del lenguaje.

Acceso a las fuentes de consulta:

Wendy Sue Swanson. 2014. Finding Calm and Confidence in Parenting, Child Health, and Work-Life Balance. American Academy of Pediatrics. Stefanie Reiberger. 2009. Rabietas infantiles. Mente y Cerebro, 36, págs. 28-31.

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