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Niños y piscinas: consejos de salud para un verano más seguro

20/07/2017

Llega el verano y, con él, las ganas de descansar y de aprovechar las oportunidades de ocio que nos ofrece el buen tiempo. Una de las opciones más apetecibles para los niños son las piscinas de verano.  

Estas ofrecen una oportunidad para ellos de pasarlo bien y de hacer actividad física al aire libre al mismo tiempo. Pero, por otro lado, conlleva algunos riesgos que conviene conocer para prevenir sus consecuencias sobre la salud de los niños. 

Algunos de estos riesgos son inherentes a la exposición solar, tales como las quemaduras solares o las conjuntivitis actínicas.

Otras son consecuencia del contacto con el agua de la piscina y de sus instalaciones, como las conjuntivitis irritativas y la sequedad de piel por el cloro del agua o infecciones como las otitis externas o los hongos de los pies. Por último, existen riesgo de situaciones más graves, tales como el ahogamiento o la hidrocución (“corte de digestión”). 

Aparte de las quemaduras solares (que se manifiestan por enrojecimiento, sensación de quemazón o dolor, descamación o formación de ampollas en la piel) es importante recordar que el efecto de la radiación solar sobre la salud de la piel se acumula durante toda la vida y que la sobreexposición solar está directamente relacionada con un incremento del riesgo de cáncer de piel.

Es importante evitar la exposición solar directa durante las horas de mayor radiación (las horas centrales del día, de 12 a 17 h), sobre todo de los niños menores de un año. Además, es importante utilizar una crema de protección solar con un factor de protección (SPF) de 30 o superior. Si bien sus consejos de utilización son ya muy conocidos, es importante tenerlos siempre presentes: aplicarla sobre la piel seca treinta minutos antes de la exposición, extenderla por todo el cuerpo, repetir su aplicación cada dos horas, sobre todo si el niño se ha mojado y aplicarla incluso en días nublados, ya que los rayos ultravioleta (UV) atraviesan las nubes.

Aparte de sus efectos sobre la piel, la sobreexposición a los rayos UV puede producir irritación de la conjuntiva y causar una conjuntivitis (actínica). Por eso es importante en estos casos proteger también sus ojos con gafas de sol.

En el caso de las piscinas de verano, la conjuntivitis también puede deberse al contacto de los ojos con el cloro del agua. El cloro, que se utiliza como agente antibacteriano, produce una irritación química de la conjuntiva, de ahí que sea recomendable el uso de gafas de buceo o natación. También es responsable, junto con la exposición al sol, de la sequedad de piel. Para minimizar su efecto, o tratarla, es recomendable ducharse tras el baño para eliminar el cloro de la piel y aplicar crema hidratante en todo el cuerpo. 

Uno de los motivos de consulta más frecuentes del verano en las consultas y las urgencias de pediatría son las otitis externas. Se producen por la infección por gérmenes como la Pseudomonas aeruginosa, que proliferan en el agua de las piscinas, parques acuáticos, áreas recreativas acuáticas, etc.

El contacto prolongado de estas aguas con la piel del conducto auditivo externo puede favorecer su infección. La otitis externa se manifiesta por un dolor intenso de uno o de ambos oídos, y puede acompañarse de sensación de taponamiento. A diferencia de las otitis medias, más frecuentes en otoño e invierno, no suele producir fiebre. Su tratamiento consiste en el uso de antibióticos tópicos en colirio, solos o en asociación con corticoides como tratamiento antiinflamatorio, y mantener el oído seco (evitar bañarse) hasta su curación. 

También son muy frecuentes en verano los casos de tiña del pie (hongos en los pies o pie de atleta). Si bien es frecuente durante todo el año en personas que utilizan vestidores y duchas de gimnasios, piscinas… en verano proliferan los casos por el mayor uso de éstas y porque las condiciones ambientales (calor, humedad por sudoración) favorecen la proliferación de los hongos. Se manifiestan por la aparición de picor, enrojecimiento y fisuras entre los dedos de los pies.

Su tratamiento se realiza con medicamentos antifúngicos, en crema o en comprimidos, según la extensión de la infección. El riesgo de contagio puede prevenirse utilizando siempre sandalias, lavándose bien los pies (sobre todo entre los dedos) tras el uso de estos espacios, secándolos bien y aplicando polvo desodorante, que elimina el exceso de humedad.

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