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El insufrible acoso de los compañeros

15/12/2010

El acoso escolar, que en 2004 llegó a provocar el suicidio de un alumno en Hondarribia, no sólo es nocivo para las víctimas, también perjudica a los agresores y a todo aquel que lo consiente. María José Díaz-Aguado, catedrática de Psicología de la Educación de la Universidad Complutense, aborda esta problemática localizando sus causas en un sistema educativo obsoleto, y propone intervenciones para erradicar este tipo de violencia. Para Díaz-Aguado es necesaria una redefinición del viejo sistema que motive relaciones basadas en la empatía, la confianza y la solidaridad.
La violencia, uno de los problemas más graves que acecha a la sociedad desde antaño, sigue hoy presente en muchos escenarios. Para erradicar un fenómeno de tal complejidad, conviene tener en cuenta la diversidad de ámbitos donde puede encontrarse y aceptar que la escuela es uno de ellos. De este modo, a las múltiples causas y posibles soluciones desde donde afrontar el problema, se suma la dificultad de reconocerla dentro del ámbito escolar precisamente por la naturaleza educativa del mismo. Esto puede explicar la tendencia a negar dicho fenómeno, la conocida conspiración del silencio que hoy empezamos a superar.

Para abordar la problemática, en primer lugar hay que tener en cuenta que se trata de una cuestión tan antigua y generalizada como la propia escuela y que requiere modificar algunas de las características del modelo educativo tradicional. Encontramos en el viejo sistema una tendencia a minimizar la gravedad de las agresiones entre iguales, considerándolas como uno hecho inevitable que los jóvenes deben resolver por sí mismos. De la misma manera también preocupa  que el sistema tienda a generalizar grupos, restando importancia a las minorías que fácilmente pueden ser elegidas como víctimas de acoso. Para que este tipo de problemas puedan ser resueltos con éxito, es necesario redefinir el papel tradicional del profesorado, orientado únicamente a impartir una determinada materia en un horario determinado. Para ello hay que apostar por una nueva formación que sea capaz de afrontar las problemáticas que conducen a la violencia y hacer del profesor una figura de confianza a quien el alumno pueda acudir en busca de ayuda.

Para una mayor comprensión de este problema, hay que discernir entre los diferentes tipos de violencia escolar, pues no es lo mismo una agresión de carácter puntual, que una reiteración de estas agresiones dentro de un proceso al que llamamos acoso. Este proceso se caracteriza por no ser un acontecimiento aislado, sino que se repite y prolonga durante cierto tiempo con agresiones que tanto pueden ser físicas cómo psicológicas (burlas, amenazas, intimidaciones, aislamiento sistemático). En este tipo de agresiones generalmente el agresor viene apoyado por un grupo y en frente tiene a una víctima que se encuentra totalmente indefensa.

Es importante que todas las partes afectadas comprendan que las consecuencias de este acto violento no se reducen únicamente a la víctima, sino que afectan a todos los agentes implicados. En la víctima el miedo produce pérdida de confianza  en uno mismo y en los demás reflejándose con problemas de rendimiento o baja autoestima. En el agresor disminuye su capacidad de comprensión moral y de empatía, obstaculizando el establecimiento de relaciones positivas con el entorno que le rodea. Los cómplices pueden experimentar problemas parecidos como la falta de sensibilidad, la apatía o la insolidaridad. En cuanto al contexto institucional en el que se produce, la violencia reduce la calidad de vida de las personas generando problemas y tensiones que dificultan el logro de la mayoría de sus objetivos (transmisión de valores, aprendizaje…).

Según este estudio los agresores se caracterizan por justificar las conductas violentas e intolerantes y que se identifican con un modelo social basado en el dominio y la sumisión.  De este modo estas personas se basan en un razonamiento moral más primitivo que el de sus compañeros, poseyendo una menor capacidad para las estrategias no violentas y un  rendimiento escolar insatisfactorio. En este proceso, a través de un argumento irracional, el agresor justifica sus actos culpabilizando a la víctima por supuestas provocaciones. Este esquema lleva consigo una distorsión de la realidad de manera que la víctima acarrea un sentimiento de culpabilidad y se justifica al individuo que agrede. Es importante detectar esta percepción errónea, que de alguna manera responde a la necesidad que tenemos todos de creer que el mundo es justo y poder así ayudar a estos adolescentes. Este perfil de individuos se encuentra mayoritariamente en la adolescencia temprana (13-15 años), lo que pone de manifiesto la importancia de erradicar situaciones de exclusión desde las primeras etapas educativas.

Según las investigaciones que hemos realizado  existen son embargo otras intervenciones de carácter más específico para erradicar la violencia con éxito. En primer lugar hace falta adaptar la educación a los actuales cambios sociales. Para ello es necesario dotar de un mayor protagonismo positivo a los alumnos y establecer contextos donde poder expresar las discrepancias sin recurrir a la violencia. El profesorado por su lado debe recuperar cierta autoridad y hacer uso de la sanción para colocar a la víctima y al agresor en su justo grado de responsabilidad. Paralelamente es importante que esta figura se vincule con los alumnos como alguien en quien pueden confiar para que sea posible prevenir la victimización, pues de esta manera la víctima puede hallar ayuda sin ser estigmatizado y el agresor puede recibir el tratamiento disciplinario adecuado.

También hay que tener en cuenta la capacidad persuasiva de ciertas creencias intolerantes y sexistas existentes en nuestra sociedad, así como la necesidad de detectarlas y corregirlas promoviendo valores igualitarios. Para ello hay que comprender que estos valores no sólo se pueden transmitir de manera teórica con explicaciones, sino que es necesario llevarlas a la práctica. Es a partir de estas directrices que tanto desde el sistema educativo como desde la familia, se puede romper la cadena en que la violencia genera más violencia. Para ello y como antídoto a las secuelas que provoca este fenómeno, hay que generar relaciones basadas en la empatía, la confianza y la solidaridad. Para unos resultados exitosos de dichas intervenciones, es necesario superar la dificultad que supone redefinir unas pautas profundamente arraigadas a un sistema obsoleto. Es pues necesaria una comprensión cabal de la problemática que contemple la raíz del conflicto, para que episodios como el de Hondarribia no se vuelvan a repetir.

Referencia bibliográfica

Díaz-Aguado, M.J.. El insufrible acoso de los compañeros. Bayard Revistas. 2010 [acceso 10 de noviembre 2010]. Disponible en: http://www.bayard-revistas.com/info/colegio/educacion_02.php

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