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La competitividad en el deporte

26/09/2016

Con el inicio del curso arrancan también infinidad de ligas deportivas y competiciones escolares. Si bien el deporte es una práctica recomendada tanto por psicólogos como por pedagogos por su valor como actividad física y como fuente de socialización y aprendizaje, a menudo se ve afectado por el hecho de fomentar un sentimiento competitivo en niños que enseguida se ven sometidos a la presión de resultados y calificaciones.

Cada vez más vemos como en las extraescolares deportivas se aplica el mismo modelo que en el deporte federado, donde el éxito es sinónimo de ganar, y marcar o encestar más que el rival, son los únicos objetivos.

Son muchas las voces de psicólogos y educadores que cada vez más, piden una práctica de deporte formativa, sin marcadores, donde el objetivo sea pasarlo bien, aprender, crear hábitos y transmitir valores que nada tienen que ver con la humillación del rival.

En este sentido, Benjamín Montenegro, del Equipo Psicológico del Desarrollo del Individuo, explica que las actividades deportivas extraescolares deberían ser mixtas y sin marcadores hasta los 12 años y después separarse por sexos pero seguir sin marcador hasta los 16, edad en la que propone iniciar el deporte competitivo. "Si la educación es obligatoria hasta los 16 años, el deporte también debería ser formativo, participativo y socializador hasta esa edad".

¿Es malo competir?

Alastrué apunta que en realidad competir no es malo, ya que la esencia del deporte es poner a prueba la destreza de cada uno, y nos enseña a ganar y perder. "Lo que hay que definir operativamente es qué significa competir y ganar en el deporte escolar". Y esto es lo que ha hecho él con el modelo Juega Verde Play de deporte escolar. "Hemos redefinido el concepto de victoria; para ganar no basta con ganar el partido, porque eso sólo da tres puntos y hay otros siete en juego que dependen de la conducta de todos los agentes implicados: árbitros, padres y madres, entrenadores, delegados y los propios jugadores, de modo que si se llevan bien el resultado del partido seguirá definiendo la victoria, pero si no actúan de manera correcta no ganarán", detalla.

Tanto Alastrué como Montenegro aseguran que la clave para que el deporte resulte formativo es el entrenador, que debe actuar como educador y plantear a los jugadores objetivos de tarea y no de resultados.

La presión en los niños

En algunos casos es el mismo niño quien se impone esta presión deportiva. Algunos niños son perfeccionistas por naturaleza y son demasiado exigentes con ellos mismos cuando las cosas se tuercen. Pero lo más frecuente es que la presión deportiva sea de carácter externo: los niños intentan satisfacer las exigencias de un padre, un entrenador u otra figura de autoridad y acaban teniendo la sensación de que ganar es la única manera de conseguir la aprobación del adulto a quien respetan.

En cualquier caso, la manera en que los niños aprenden a afrontar la presión deportiva -y la manera en que los adultos les enseñan a hacerlo- no sólo repercute sobre su rendimiento y diversión en el deporte sino que puede tener un impacto duradero sobre cómo afrontar desafíos similares a lo largo de la vida.

Cómo afecta el estrés al rendimiento

Existen dos tipos de estrés: 

  • El estrés positivo prepara al cuerpo para afrontar los retos con concentración, fuerza, resistencia y un buen nivel de alerta.
  • El estrés negativo puede agotar la energía y el empuje del niño, y se da cuando el niño tiene que afrontar una cantidad excesiva de exigencias no deseadas.

Los padres deberían saber detectar la diferencia entre si su hijo tiene un estrés positivo o negativo simplemente fijándose en las interacciones del niño durante el partido. ¿Está su hijo concentrado y preparado para actuar o los nervios le impiden dar lo mejor de sí mismo? ¿Cómo encaja los errores? ¿Tiene un espíritu deportivo o se le descontrolan fácilmente las emociones?

Sin embargo, algo que puede ser un poco más difícil de detectar es el papel que tú como padre/madre y otros adultos de confianza ejercen en la manera en que su hijo aborda las situaciones estresantes. Por ejemplo, los padres que enfatizan demasiado los éxitos deportivos de sus hijos corren el riesgo de añadir aún más estrés. Los padres excesivamente entusiastas o ambiciosos con los éxitos deportivos de sus hijos tienden a reaccionar de forma desaforada ante los errores, los partidos que pierden y los entrenamientos que se saltan sus hijos, lo que a menudo hace que los niños tiendan a hacer lo mismo. Y cuando un niño se hunde ante sus errores, desaprovecha una importante oportunidad para aprender a resolver problemas y desarrollar la resistencia.

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